EL MALDITISMO DE LOS LUGARES COMUNES

 

 Por Rafael Aguirre

En mi experiencia de tallerista de Creación Literaria, oficio del que he aprendido y compartido más de lo que he brindado, se me ha dado observar demasiadas cosas en esa rara facultad humana de crear. Miremos uno de esos aspectos: 

Se ha vuelto lugar común maldecir, denigrar, evitar como a la peste a los lugares comunes a la hora de escribir poesía, a tal punto que por evitarlos se prefieren términos rebuscados, frases forzadas y tan forzadas que se les nota la puja. Ante todo, digamos de una vez que tras de cada renglón que escribimos, hay cinco mil años de literatura; a estas alturas de la fiesta (nuestra fiesta), es ingenuo pensar en ser originales, a lo sumo, novedosos en ese libro universal que todos escribimos, como lo advertía Borges. Para José Emilio Pacheco, «escribir es reescribir, así las cosas, los poemas no acaban de escribirse nunca». La poesía tiene el compromiso de resignificar el lenguaje, es un hecho, y lo hace con el lenguaje mismo, aunque, «se le cambie el nombre a las cosas para que el poeta cumpla con su palabra», como lo manifestaba Nicanor Parra.

Conocí un taller de poesía (ojalá sea el único) donde se puso la tarea de escribir listas de lugares comunes en poesía, con la consigna perversa de cazarlos como presas indeseables, cuan cacería de brujas, vaya tarea ¿pedagógica? Y de ahí no pasaron. A mis manos llegó una de esas listas y confieso que, paradójicamente, fue el mejor material para extraer ideas, pues bullen en ideas útiles a la hora de escribir; pedían a gritos un uso diferente al de ubicarlos en un catálogo maldito, como si de un virus pandémico se tratara. También se ha llegado al extremo de considerar lugar común palabras como amor, rosa, corazón, cielo, mar, noche, luna… Reconozco que son palabras pegatinas, es decir, se les pega fácilmente la cursilería, algún lugar común, sobre todo en los versos del embarbascado por amor. También son palabras gastadas por siglos de romanticismo y por los lenguajes amatorios de toda la vida, pero de ninguna manera son malditas en sí misma, solo lo serían en el mal uso expresivo de las imágenes poéticas. ¿Y en qué cosiste ese mal uso o buen uso? El hecho es que el poeta en uso de su riesgoso arte, y de un saber que es más intuición que saber, atine cómo y dónde usar un lugar común, no para salvarlo del rótulo, sino para darle vida al verso o a una expresión poética, incluso, quién lo creyera, para salvar el poema mismo. 

Recuerdo la consigna de Huidobro: «Por qué cantáis la rosa, ¿oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema». Algo parecido se dice sobre los adjetivos como acicates para describir: «No describa la lluvia, haga llover en el texto», pues a los lugares comunes les pasa lo mismo que a los adjetivos, «si no dan vida, matan», también lo dijo Huidobro.

Más aún, sin lugares comunes sería imposible el sarcasmo, la ironía, el cinismo, las paradojas y en buena medida el oxímoron, pues hay que usar algo muy conocido para significar lo contrario. Si deseas ser irónico con los políticos, por dar un ejemplo, usa sus lugares comunes. 

Hice el experimento de preguntarle a varios poetas en ciernes, qué opinaban de la expresión: «Este sujeto iba por buen camino», y las respuestas no se dejaron esperar: Que es un lugar común, una frase de cajón, un cliché propio de textos de crecimiento personal, una frase narrativa para empezar un cuento… Miremos esa misma frase en un poema del venezolano Juan Calzadilla:

 

Ese sujeto iba por buen camino.

Un camino recto entre él y su meta.

No me vengan a decir que

no iba hacia sí mismo

si sabemos por sus pasos 

que no podía dirigirse a otro fin.

 

También fue Juan Calzadilla quien le respondió a un epígrafe de Margarite Yourcenar que dice: «Los lugares comunes nos encarcelan» y en su poema corto le replica: «Sí, pero más nos encarcela lo que pensamos acerca de los lugares comunes».

En la mencionada lista de lugares comunes encontré la expresión, «Como Pedro por su casa». Resulta que en un poema de Juan Manuel Roca titulado Memorial del provocador de sueños, leí este verso: «Un fantasma que cruza las fronteras como Pedro por su casa». Hay cien maneras de evitar el implicado lugar común, y mil maneras de hacer el oso por tratar de evitarlo. En el poema de Roca es indispensable para plasmar la imagen que el autor desea y sin la cual el verso quedaría cojo. 

Sabemos que el cloruro de sodio (CLNA) lo consumimos todos los días, es un compuesto natural de cloro y sodio, la sal. Sin embargo, si consumimos uno solo de estos compuestos por separado, nos envenenamos. Así mismo hay poemas escritos con frases de cajón, cursis, lugares comunes y son muy malos, tóxicos, pero los hay que en su estructura forman paradojas, sarcasmos, ironías… y lejos de ser un pastiche, resultan ser obras literarias de peso. Válgame como ejemplo un poema de Darío Jaramillo Agudelo compuesto de lugares comunes, frases cursis; para acabar de ajustar remata con la mayor palabra pegatina de lugares comunes, la palabra amor, pero justa y paradójicamente, esta palabra que sirvió de puntada final, salva el poema y lo encumbra en una bella expresión de amor de nuestra literatura. dice:

 

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,

no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,

no pensarte, no desearte,

no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte, 

circular por las calles por donde sé que no pasas,

eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,

cada recuerdo de tu recuerdo,

olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,

responder con evasivas cuando me pregunten por ti

y hacer como si no hubieras existido nunca.

Pero te amo.

 

No es mi intención convertirme en defensor de lugares comunes, pues, como en toda creación literaria, ellos se van solitos al cielo o se pudren en el infierno, es el uso creativo y literario del poeta quien les da su merecido destino. Quien se ha metido a escribir poesía para ganarse el título que no da ninguna universidad, oscila en la peligrosa balanza de ser genial o hacer el oso y si el fiel de la balanza se queda en el centro, ya está del lado de la estupidez. Es el arte de este oficio.

Por último, miremos el poema terrible con el que Rogelio Echavarría nos llama la atención sobre los lugares comunes y el oficio mismo.

 

LUGAR COMÚN

 

Ya que no todos podemos ser 

poetas

comprender lo sublime 

o exaltar lo sencillo

hablemos francamente

confesemos nuestro fracaso

de hombres sin alas

de hojas muertas en el estío

nuestros empeños ciegos

sin metáforas vanas

nuestra identificación con todos

o con casi todos

y si alguien nos entiende

y fecunda nuestra impotencia

eso también es poesía

o por lo menos una gota 

en la sed del infierno

cotidiano.

 

                                               

 

 

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